Los duendes del zapatero (cuento de Navidad para leer en familia)

*Cuento para leer en voz alta · 5 minutos · a partir de 4 años*
*Inspirado en el cuento de los hermanos Grimm.*
Había una vez, en un pueblo de tejados nevados, un zapatero llamado Martín. Era bueno y trabajador, pero cada vez era más pobre. Faltaban pocos días para Navidad y en su taller solo quedaba un trocito de cuero, justo para un par de zapatos.
—Mañana los haré —le dijo a su mujer, Rosa—. Esta noche lo dejo cortado y preparado.
Cortó el cuero con cuidado, lo dejó encima de la mesa de trabajo, apagó la vela y se fue a dormir.
Una sorpresa por la mañana
Al día siguiente, Martín bajó al taller frotándose las manos de frío... y se quedó con la boca abierta.
Sobre la mesa había un par de zapatos terminados. Y no unos zapatos cualquiera: eran los más bonitos que había visto nunca. Las puntadas eran tan pequeñas y tan rectas que parecían hechas con un hilo de luna.
—¡Rosa! ¡Ven a ver esto!
Esa misma mañana entró un señor en la tienda, vio los zapatos y dijo:
—¡Qué maravilla! Le pago el doble de lo que valen.
Con ese dinero, Martín compró cuero para dos pares. Por la noche lo dejó cortado sobre la mesa, igual que antes. Y por la mañana... ¡dos pares de zapatos perfectos!
Los vendió enseguida y compró cuero para cuatro pares. Y a la mañana siguiente, cuatro pares de zapatos esperaban brillando sobre la mesa.
Así pasaron los días. La tienda se llenó de clientes y en casa de Martín y Rosa por fin hubo leña para la chimenea y turrón para la Nochebuena.
¿Quién será?
Una noche, Rosa dijo:
—Martín, ¿y si nos escondemos para ver quién nos ayuda?
Así que encendieron una vela, se escondieron detrás de una cortina y esperaron, muy quietos.
Dieron las doce en el reloj de la iglesia. Tan, tan, tan... Y entonces, por la rendija de la ventana, entraron dos duendes diminutos. Llevaban la ropa llena de remiendos y los pies descalzos, rojos de frío.
Saltaron a la mesa y se pusieron a trabajar. Tic, tic, tic, hacían sus martillitos. Zas, zas, zas, sus agujas. Cosían, clavaban y pulían tan deprisa que los ojos no podían seguirlos. Cuando terminaron, se fueron corriendo por la ventana, antes de que saliera el sol.
—Pobrecillos —susurró Rosa—. Nos han ayudado tanto, y ellos tiritando con este frío. Tenemos que darles las gracias.
—¡Ya sé! —dijo Martín—. Les haremos un regalo de Navidad.
El regalo para los duendes
Durante varios días, Rosa cosió dos camisitas, dos chalecos de lana roja, dos pantalones y dos gorros con borla. Martín, por su parte, hizo dos pares de botitas tan pequeñas que cabían en una cáscara de nuez.
La noche de Nochebuena, en lugar de cuero, dejaron sobre la mesa los regalos, bien doblados, con una nota que decía: «Gracias, amigos. Feliz Navidad». Y se escondieron otra vez.
A las doce llegaron los duendes. Buscaron el cuero... y encontraron la ropa. Se miraron. La tocaron. Y de repente se pusieron a dar saltos de alegría. Se vistieron en un momento, se calzaron las botitas y bailaron por toda la mesa cantando:
—¡Qué elegantes somos ya, a ver quién nos va a ganar!
Y bailando, bailando, salieron por la ventana y se perdieron en la nieve.
No volvieron nunca más a coser zapatos. Pero a Martín y a Rosa ya no les hizo falta: habían aprendido el oficio de tanto mirar aquellas puntadas, y les fue bien toda la vida.
Y cada Nochebuena, por si acaso, dejaban en la ventana un platito con dos trocitos de turrón. A la mañana siguiente, siempre había desaparecido.
Para hablar después del cuento
- ¿Por qué crees que los duendes ayudaban al zapatero sin pedir nada?
- ¿Cómo le das tú las gracias a alguien que te ha ayudado?
- ¿Qué le dejaríais vosotros a los duendes en la ventana?
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