El abeto que tenía prisa (cuento de Navidad para leer en familia)

*Cuento para leer en voz alta · 5 minutos · a partir de 4 años*
*Inspirado en el cuento de Hans Christian Andersen.*
En lo más hondo del bosque, entre pinos altísimos y abetos que casi tocaban las nubes, vivía un abeto pequeñito. Tan pequeño que las liebres saltaban por encima de él como si fuera una piedra.
—¡Qué rabia! —decía el abeto—. Yo quiero ser grande. Quiero ser alto como los demás.
El sol le calentaba las ramas. El viento le hacía cosquillas. Los pájaros se posaban en él a cantar. Pero el abeto no se daba ni cuenta, porque siempre estaba pensando en lo que vendría después.
—Disfruta de tu sol y de tu aire, pequeño —le decía el viento—. Eres joven. Eso también es bonito.
Pero el abeto no escuchaba.
El abeto crece
Pasaron los inviernos y los veranos, y el abeto creció. Un día de diciembre llegaron unos leñadores y se llevaron algunos árboles del bosque, los más bonitos.
—¿Adónde van? —preguntó el abeto a los gorriones.
—A las casas de la ciudad —piaron—. Los ponen en un salón calentito, los llenan de luces, bolas de colores y una estrella dorada en la punta. ¡Los niños bailan a su alrededor!
—¡Oh! —suspiró el abeto—. Eso es lo que yo quiero. ¡Que llegue ya mi turno!
Y otra vez se olvidó de mirar la nieve, que caía blandita sobre sus ramas.
Al año siguiente, por fin, le tocó a él. Lo llevaron a una casa grande, lo pusieron en una maceta junto a la chimenea y lo vistieron de fiesta: lazos rojos, nueces doradas, velitas y, arriba del todo, una estrella brillante.
—¿Y ahora qué pasará? —se preguntaba el abeto, temblando de emoción—. ¡Seguro que algo aún mejor!
Llegó la Nochebuena. Los niños entraron corriendo, cantaron villancicos, abrieron regalos y se sentaron a su lado a escuchar un cuento. Era una noche maravillosa. Pero el abeto estaba tan nervioso pensando en «lo siguiente» que casi no la vivió.
Lo que aprendió el abeto
Después de las fiestas, le quitaron los adornos con mucho cuidado y lo llevaron al desván. Allí todo estaba oscuro y en silencio.
—¿Qué hago yo aquí? —se lamentó.
Entonces salieron unos ratoncitos de detrás de un baúl.
—¿Quién eres tú? —preguntaron—. ¡Hueles a bosque!
Y el abeto empezó a contarles cómo era el bosque: el sol de la mañana, el viento haciéndole cosquillas, los pájaros cantando, la nieve blandita... Y mientras lo contaba, se dio cuenta de algo.
—¡Qué feliz era yo entonces! —dijo, sorprendido—. Y no lo sabía.
Los ratoncitos le pidieron también el cuento de la Nochebuena, y el abeto se lo contó despacito, saboreando cada recuerdo: las velitas, las canciones, las risas.
—Qué suerte has tenido —dijeron los ratones.
—Sí —dijo el abeto—. Mucha. A partir de ahora, voy a disfrutar de cada día, sea como sea.
Cuando llegó la primavera, la niña mayor de la casa subió al desván y vio que el abeto todavía tenía brotes verdes.
—¡Papá, mamá! ¡Está vivo! —gritó.
Entre todos lo bajaron al jardín y lo plantaron junto a la valla, donde le daba el sol.
Y allí vive todavía. Los pájaros se posan en sus ramas, el viento le hace cosquillas y los niños juegan a su alrededor. Cada diciembre le ponen una estrella en la punta, sin cortarlo, sin moverlo.
Y el abeto ya no tiene prisa. Cada mañana mira el cielo y piensa: «Qué bonito es hoy».
Para hablar después del cuento
- ¿Por qué el abeto no era feliz al principio, aunque tenía sol y pájaros?
- ¿Qué cosa bonita te ha pasado hoy?
- Si tú fueras el abeto del jardín, ¿qué te gustaría que te colgaran en Navidad?
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